El ginseng conquistó Europa gracias al Padre Pierre Jartoux

A principios del siglo XVIII, el emperador chino confirió al padre jesuita francés Pierre Jartoux la misión de cartografiar importantes regiones de China. Durante su periplo, el padre jesuita llegó a una aldea de Manchuria situada cerca de la frontera coreana. Los aldeanos le presentaron la raíz de ginseng, que recogían y machacaban para reforzar la resistencia de su organismo, estimular sus capacidades físicas e intelectuales, prevenir las enfermedades pulmonares y estimular el apetito. El padre Jartoux consideró que la eficacia y utilidad de la planta debían de ser reales, dada la importancia que le conferían los chinos. Por ello decidió probarla comiendo un trozo de raíz cruda. Constató una hora más tarde que su pulso se había acelerado, que su apetito se había reforzado y que se sentía en mejor forma. Quedó tan impresionado con la planta que escribió una carta al respecto en 1711 al procurador general de las misiones.
De este modo Europa también descubrió el ginseng, que sedujo en un primer momento a las cortes reales, como la de Luis XIV. Asimismo, el mundo científico empezó a interesarse por esta planta. Los sabios quisieron saber si los efectos atribuidos a esta raíz podían confirmarse también de forma científica. Numerosos laboratorios, algunos de ellos prestigiosos, llevaron a cabo investigaciones sobre los efectos de la raíz asiática. Tras varias investigaciones, confirmaron lo que los chinos sabían desde hacía mucho tiempo: el ginseng era una planta adaptógena especialmente eficaz. Las sustancias adaptógenas mantenían al organismo en un estado de equilibrio incluso cuando éste se veía afectado por varias tensiones. El consumo de estas sustancias adapta mejor nuestro cuerpo al estrés y permite conservar más fácilmente el equilibrio del organismo durante esfuerzos físicos importantes. Las sustancias adaptógenas desempeñan la función de regular el estrés.




